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Ayer el Bernabéu recuperó parte de la vergüenza torera que siempre ha caracterizado al público madridista. La derrota por 0-1 ante el Levante fue la gota que colmó el vaso para una afición que llevaba ya demasiado tiempo anestesiada, indolente ante lo que jornada tras jornadas se repetía ante sus ojos. La hinchada estalló, y dejó síntomas evidentes de que no está dispuesta a seguir tolerando los desmanes del triunvirato compuesto por Calderón, Capello y Mijatovic.
A estas alturas de la película, ha quedado patente que la lastimosa imagen del equipo duele más que cualquier ignominiosa derrota ante rivales de escasa entidad, a los que el rigor táctico les basta para imponerse con relativa facilidad. Sin embargo, y aunque los cimientos de la casa tiemblan, los habitantes de la misma se mantienen firmes y no parecen dispuestos a dar su brazo a torcer, y menos ahora, justo cuando su habitación en el inmueble viene refrendada por una resolución judicial. La renuncia al proyecto supondría admitir que éste ha fracasado, y no parece que exista disposición alguna para hacer semejantes concesiones ante la «oligarquía financiera». Pero quizás en el fútbol más que en ningún otro orden de la vida, la estabilidad depende de los resultados que se obtienen, y por tanto serán éstos los que determinen en un futuro no muy lejano de qué color pinta el porvenir madridista.

A veces llego a pensar que estoy obsesionado con el personaje. Que tal vez no sea para tanto, que a lo mejor soy yo el que lo tiene cruzado, y como comentan en El Rondo (ese programa que era de monólogos de Roberto Gómez, y ahora es de diálogos entre el ya mencionado y J.C.Rivero), resulta que es un gran presidente.Tal vez sea mi "Florentinismo", el que me hace infravalorarle en la comparación con el anterior presidente, pero creo que no. Simplemente, no está a la altura del cargo. En estos momentos, supongo que ya todos sabréis, que me refiero a Ramón Calderón.